martes, 24 de septiembre de 2013

Expropiación

Mi casa estaba un terreno inmenso comparado con el resto del vecindario. Tenía una callecita de entrada propia, con jardines no muy cuidados a ambos lados, que terminaba en el frente de la casa, escoltada por dos tremendos árboles. Era prefabricada. Había sido de un barrio de emergencia, que se construyó luego del terremoto del ´44. Era tan pobre en su construcción, como rica en sus plantas y arbolados. Seis especies enormes daban sombra al predio. Dos pérgolas floridas, y fragantes, se ofrecían como techos del patio. 
Era un barrio de trabajadores, algunos con éxito económico, y sus hogares daban cuenta de ello. 

Y
o no entendía. De a poquito los vecinos se fueron yendo y nadie venía en su reemplazo. Un día demolieron una casa. Al tiempo otra. Y luego otra…

E
n nuestros juegos de niños, nos imaginábamos soldados de combate, que corrían y se disparaban entre paredes sin techo, de lo que antes habían sido dormitorios. A veces, hacíamos una versión original de cirujeo, buscando cualquier cosa llamativa dentro de restos de cosas abandonadas. Lo que encontrábamos, tenía un valor efímero, otorgado por nuestra imaginación. De a ratos, en la tranquilidad y el silencio del desierto, nos invadía una melancolía. Como si nos persiguieran los sueños, proyectos y fantasmas de la gente que allí había vivido sus horas más intensas.

Supe ahí, desde muy niño, lo que era una expropiación. Era lo que veíamos alrededor, era nuestro futuro, era que una “autopista” se construiría sobre nuestra casa. Sepultando recuerdos, anécdotas, vivencias. 

De esto hace más de treinta y cinco años. Hoy la autopista se llama Avenida de Circunvalación y todo el tiempo se le hacen mejoras. Su trazado es un anillo que rodea la ciudad de San Juan y hace que todo quede a diez minutos en auto. Invito a conocerla. Es un orgullo para cualquier sanjuanino.

Atrás quedaron el tambo, donde comprábamos la leche al pie de la vaca, el camino fatídico a la escuela, la casa del velorio más triste que vi en mi vida, los escenarios de juegos de guerra con sus campos bombardeados. 

De eso solo quedan barrios con cicatrices, donde las calles están todas cortarrajeadas sin soluciones de continuidad, y muchos recuerdos de tiempos en que la fotografía era un lujo.